Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe El anciano, al verme caer, se plantó con gran valor ante el tipo que me había golpeado, sostuvo el arma con una mano, tiró de él hacia abajo por pura fuerza bruta con la otra, acercándoselo un poco, le pegó un tiro en la cabeza y lo soltó muerto allí mismo; de inmediato se acercó al que nos había detenido, como ya he dicho, y antes de que pudiera adelantarse de nuevo (porque todo ocurrió como si sólo hubiera transcurrido un instante) le atacó con la cimitarra que siempre llevaba encima, pero en vez de acertar al hombre le hizo un tajo a su caballo en un lado de la cara. La pobre bestia, enfurecida por las heridas, se negó a ser gobernada por su jinete, por muy bien sentado que este fuera; echó a volar y se lo llevó bien lejos del alcance del piloto; luego, a cierta distancia, se encabritó sobre las patas traseras, lanzó al suelo al tártaro y cayó encima de él.