Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe De todos modos no obtuvimos gran cosa de aquella victoria, pues perdimos un camello y ganamos un caballo; lo más notable, al regresar al pueblo, fue que el hombre exigió que le pagáramos el camello; discutà con él y me llevaron a una audiencia con un juez de paz chino. Concedámosle que actuó con gran prudencia e imparcialidad y, tras escuchar a las dos partes, preguntó con gravedad al chino que habÃa ido conmigo a comprar el camello a quién prestaba sus servicios. «No soy un sirviente —respondió él—, sólo he venido con el extranjero». «¿A petición de quién?», quiso saber el juez. «Del extranjero», contestó el hombre. «Vaya, entonces durante ese tiempo eras su sirviente. Y como habÃan entregado el caballo a su sirviente era como si se lo entregaran a él, de modo que debe pagarlo».
Confieso que el asunto quedó tan claro que no tuve nada que decir; admirado de ver una explicación tan exacta del asunto y un razonamiento tan justo sobre sus consecuencias, pagué gustosamente por el camello y hasta mandé traer otro. Pero obsérvese que lo mandé traer: esta vez no fui a buscarlo yo mismo. Ya habÃa tenido bastante.