Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe De inmediato me puse en pie de un salto y agarré la espada, mas no había ningún enemigo a la vista. Vi a un tártaro muerto en el suelo, con su caballo muy quieto a su lado; miré más allá y vi a mi campeón y salvador, que había ido a ver qué hacía el chino y volvía con su arma blanca en una mano. El anciano, al verme en pie, se me acercó corriendo y me abrazó con gran alegría, pues hasta entonces había creído que estaba muerto; al verme ensangrentado se dio cuenta de que estaba herido; mas no era gran cosa, sólo lo que llamamos una cabeza pesada; tampoco en los días siguientes me molestó demasiado el golpe, salvo en el lugar de la herida, que por otra parte se curó en dos o tres días.