Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Ahora llegábamos a donde, al menos, se notaba una apariencia de celebración cristiana, donde se hincaba la rodilla ante Jesús; donde, con mayor o menor ignorancia, al menos se reconocía la religión cristiana y se rezaba al nombre del Dios verdadero; hasta el último rincón de mi alma se regocijaba al verlos. Saludé al bravo comerciante escocés que he mencionado antes y se lo agradecí por primera vez. Luego, lo tomé de la mano y le dije: «¡Bendito sea Dios, volvemos a estar entre cristianos!». Él sonrió y dijo: «No os alegréis demasiado pronto, compatriota. Estos moscovitas son una especie extraña de cristianos; aparte del nombre, durante unos cuantos meses de viaje todavía veréis poca cosa de sustancia».
«Bueno —insistí—, pero sigue siendo mejor que el paganismo y la adoración del diablo». «Mas os digo —respondió— que, salvo los soldados rusos de los cuarteles y unos pocos habitantes de las ciudades del camino, todo el resto del país, durante más de mil millas todavía, está habitado por paganos de la peor clase, y de los más ignorantes». Y así resultó ser.