Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Si antes me había sorprendido, ahora estaba bastante aturdido y guardé silencio mientras lo miraba, y, desde luego, admiré lo que veía. La lucha en su alma era tan grande que, si bien hacía un frío extraordinario, le entró un sudor violento y me pareció que necesitaba despejar su mente. Así que le dije una o dos palabras más, le anuncié que lo dejaba para que se lo pensara y que lo esperaría; luego me retiré a mis aposentos.
Al cabo de unas dos horas oí que había alguien ante la puerta de mi habitación, o cerca de ella, y estuve a punto de abrirla. Mas la abrió él y entró: «Mi querido amigo —dijo—, casi me habéis hecho trastabillar, pero ya me he recuperado; no os toméis a malas que no acepte vuestra propuesta; os lo aseguro, no es por falta de conciencia de la bondad que representa por vuestra parte, y he venido a ofreceros el más sincero agradecimiento. Sin embargo, espero haber obtenido una victoria completa sobre mí mismo».
«Mi señor —dije—, espero que estéis plenamente convencido de que no os habéis resistido a la llamada de los cielos». «Señor —replicó—, si hubiera venido de los cielos, el mismo poder me habría influenciado para aceptarla; mas espero, y estoy plenamente convencido, que sean los cielos quienes me hacen rechazarla, y al despedirme tendré el convencimiento infinito de que me dejáis aquí como un hombre honesto todavía, aunque no libre».