Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Cuando fui a verlo me dijo que yo ya sabía todo lo que habíamos hablado y él esperaba que no le insistiera más en aquel asunto; mas que, como le había hecho una oferta tan generosa, quería saber si tendría la bondad de mantenerla para otra persona que me iba a presentar, por quien él sentía una gran preocupación. Le dije que no podía asegurar que me inclinara por hacer tanto por alguien que no fuera él, a quien tenía en especial estima, y que me hubiera encantado ser el instrumento de su liberación; de todos modos, si me hacía el favor de nombrar a la persona en cuestión, le daría mi respuesta con la esperanza de que, si esta le disgustaba, mantuviera su agrado por mí. Me dijo que se trataba de su hijo único, al que yo no había visto, pero que estaba en la misma situación que él, a más de doscientas millas de distancia, al otro lado del Obi; mas, si yo estaba de acuerdo, enviaría a buscarlo. Sin dudar ni un instante le dije que lo haría. Con algo de ceremonia le hice entender que lo hacía todo por él; que, viendo que no podía convencerlo, le mostraría mi respeto preocupándome por su hijo; mas son cosas demasiado tediosas para repetirlas aquí. Al día siguiente mandó a alguien a buscar a su hijo y unos veinte días después llegó este con el mensajero, seguidos por seis o siete caballos cargados con muy ricas pieles que, sumadas, alcanzaban un gran valor.