Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Mas para ponérselo aún más difícil, nuestro portugués, con una aplicación infatigable, cortó ramas grandes de árboles y las dejó colgando, sin arrancarlas del todo, cruzadas entre árboles para conformar una valla continua que casi nos rodeaba por completo.
Allí nos quedamos algunas horas, vigilando las reacciones del enemigo sin notar que intentaran moverse siquiera; cuando quedaban unas dos horas para el anochecer se nos echaron directamente encima; aunque no nos habíamos dado cuenta hasta entonces, descubrimos que se les había unido más gente, de modo que eran casi cuatro veintenas de jinetes, de los que, de todos modos, nos pareció que algunos eran mujeres. Se acercaron hasta medio tiro de nuestro bosquecillo y entonces disparamos algunos mosquetes sin munición y los llamamos en ruso para que dijeran qué querían y para mandarles que se retiraran; sin embargo, como si no entendieran lo que les decíamos, se acercaron con doble furia hasta el borde de la arboleda sin imaginar que estábamos tan bien protegidos por nuestra barricada que no podrían entrar. El viejo piloto era nuestro capitán, igual que antes había sido nuestro ingeniero; nos pidió que no disparásemos hasta que estuvieran a buena distancia de tiro, para asegurar la matanza; y que, cuando al fin lo hiciéramos, nos asegurásemos de apuntar bien. Le pedimos que diera él la orden y la retrasó tanto que algunos de ellos estaban ya tan sólo a dos picas de distancia cuando disparamos.