Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Poco nos consolaba eso; en cualquier caso, no habÃa nada más que hacerle; a nuestra izquierda, a un cuarto de milla de distancia, habÃa una pequeña arboleda bastante densa, cerca del camino. De inmediato decidà que debÃamos avanzar hasta aquellos árboles y fortificarnos como buenamente pudiéramos; en primer lugar, consideraba que los árboles nos protegerÃan en buena medida de las flechas; en segundo, no podrÃan cargar contra nosotros cuerpo a cuerpo; de hecho, fue mi viejo piloto portugués quien lo propuso, pues él tenÃa esa excelente virtud de ser el más rápido y el más capacitado para dirigirnos y animarnos en situaciones de gran peligro. Avanzamos de inmediato, tan rápido como pudimos, y alcanzamos el bosquecillo, mientras que los tártaros, o ladrones, pues no sabÃamos cómo llamarlos, permanecieron donde estaban y no intentaron impedÃrnoslo. Al llegar, descubrimos con gran satisfacción que se trataba de un terreno pantanoso y pegajoso que tenÃa, por el otro lado, un gran manantial de agua que se alejaba en un arroyuelo para juntarse más adelante con otro de su mismo tamaño y conformar, en resumen, el nacimiento o fuente de un rÃo importante que más allá recibe el nombre de Wirtzka. Los árboles que crecÃan en torno al manantial apenas superaban los doscientos, pero eran muy grandes y estaban muy juntos; nada más entrar allà nos vimos perfectamente a salvo del enemigo, a no ser que desmontaran y nos atacaran a pie.