Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Mientras cruzábamos un bosque, convencidos en nuestra imaginación de habernos librado al fin de todos los peligros, estuvimos a punto de ser asaltados, saqueados y asesinados por una tropa de ladrones. Ignoro si eran bandas errantes de ostiacos, una variedad de tártaros, o salvajes de las orillas del Obi que se habían alejado hasta allí; o si eran los cazadores de martas de Siberia; mas iban todos a caballo, llevaban arcos y flechas y al principio eran cuarenta y cinco. Se acercaron como hasta dos tiros de mosquete y, sin preguntar nada, nos rodearon con sus caballos y nos miraron muy serios de arriba abajo. Al final se interpusieron en nuestro camino. Al verlo, nos situamos en línea delante de nuestros camellos, aunque en total no éramos más de dieciséis; así organizados, nos detuvimos y mandamos al sirviente siberiano del joven caballero a ver quiénes eran. El más decidido a mandarlo era precisamente su dueño, pues temía que se tratase de una patrulla siberiana enviada en su busca. El hombre se acercó a ellos con una bandera de tregua y los llamó: mas aunque hablaba varios de sus lenguajes o, mejor dicho, dialectos, no pudo entender una palabra de cuanto le decían. De todos modos, tras advertirle por señas que si se acercaba más correría peligro, o eso creyó entender, porque le amenazaban con disparar si seguía avanzando, el hombre volvió con tan poca información como si no hubiera ido, salvo por el hecho de que, según dijo, le parecía por su ropa que eran tártaros calmucos, o pertenecían a las hordas circasianas; y que en el gran desierto debía de haber más, aunque nunca le había constado que nadie los viera tan al norte.