Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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El médico le contó lo lejos que íbamos y le explicó que eso lo distanciaría de todos sus amigos y lo dejaría en circunstancias casi tan malas como aquellas en que lo habíamos encontrado: es decir, muerto de hambre. Él dijo que no importaba adónde fuera, siempre y cuando lo liberásemos de la terrible tripulación que lo acompañaba: que el capitán (y con eso se refería a mí, pues no sabía nada de mi sobrino) le había salvado la vida y él estaba seguro de que no le iba a causar ningún mal; en cuanto a la criada, estaba convencido de que, si recuperaba el sentido, estaría tan agradecida que nos dejaría llevarla a donde fuera. El médico me presentó el caso con tanto cariño que cedí y los aceptamos a ambos a bordo con todas sus pertenencias, salvo once canastos de azúcar que no podían moverse; y como el joven tenía una licencia de porte para llevarlos, obligué a su comandante a firmar un escrito en el que se comprometía a acudir, en cuanto llegara a Bristol, a un tal señor Rogers, comerciante que allí vivía y con quien el joven afirmaba tener algún parentesco, y entregarle una carta escrita por mí, así como todas las pertenencias de la viuda fallecida que le quedaban. Supongo que nunca lo hizo, pues nunca tuve constancia de que el barco llegara a Bristol; lo más probable es que se perdiera en el mar, pues estaba muy incapacitado y tan lejos de cualquier tierra que soy de la opinión de que la primera tormenta que encontrara a partir de entonces lo hundiría al fondo del mar; cuando yo me crucé con ellos, hacían aguas y tenían daños en la bodega.


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