Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe En cuanto a los tres bárbaros (pues asà los llamó) que habÃa dejado atrás, dijo que tenÃa una larga historia que contarme: todos los españoles creÃan estar mejor entre los salvajes, sólo que lamentaban ser tan pocos. «Y —me dijo— si ellos llegan a tener la fuerza suficiente hace tiempo que estarÃamos todos en el purgatorio. —Al decir eso se santiguó con la mano en el pecho—. Mas, señor —añadió—, espero que no os desagrade si os cuento que, forzados por la necesidad, nos vimos obligados, por el bien de nuestra propia salvación, a desarmarlos y a convertirlos en nuestros súbditos, pues no contentos con dominarnos moderadamente pretendÃan asesinarnos». Le contesté que al irme de allà habÃa temido eso en gran medida y que nada me habÃa preocupado tanto al partir de la isla como la posibilidad de que ellos no regresaran, que yo los habÃa hecho dueños de todo desde el principio y habÃa dejado a los otros convertidos en súbditos, como merecÃan. Mas si al fin los habÃan obligado, bien me parecÃa y lejos estaba de encontrar en ello la menor falta, pues me constaba que se trataba de una panda de villanos tercos e ingobernables, dispuestos a cometer cualquier clase de diablura.