Robinson Crusoe
Robinson Crusoe —¡Pobre Robin Crusoe! —me decĂa, y me preguntaba cĂłmo habĂa llegado allĂ y dĂłnde habĂa estado, igual que si hubiera sentido una inmensa alegrĂa al verme otra vez. Entonces lo llevĂ© conmigo a casa.
Bastante tenĂa ahora de correrĂas por el mar, y suficiente tema para quedarme meditando muchos dĂas acerca del peligro pasado. No me gustaba tener el bote del otro lado de la isla y tan alejado de mĂ, pero tampoco hallaba manera segura de traerlo. Por el lado oriental no querĂa ni pensar en la posibilidad de aventurarme a bordearlo por segunda vez; a la sola idea sentĂa paralizárseme el corazĂłn y helarse mi sangre. En cuanto al lado opuesto ignoraba sus caracterĂsticas, pero suponiendo que la corriente tuviera en aquella costa la misma fuerza que ya habĂa yo experimentado en la parte opuesta, intentar el viaje equivalĂa a correr los mismos riesgos de ser arrastrado mar afuera. TerminĂ© por resignarme a no tener el bote conmigo, aunque tantos meses de duro trabajo me habĂa costado entre hacerlo y lanzarlo al mar.