Robinson Crusoe
Robinson Crusoe Transcurría el mes de diciembre de mi vigésimo tercer año de soledad, y era la época del solsticio austral (porque no puedo darle el nombre de invierno) en la que me ocupaba yo de la recolección del grano, viéndome obligado a permanecer gran parte de mi tiempo en las plantaciones. Una mañana, cuando aún no era día claro y empezaba mi tarea, me sorprendió ver la luz de un fuego en la costa, a unas dos millas hacia el extremo donde primeramente advirtiera la huella de los salvajes, y al mirar con atención comprobé que no se trataba del lado opuesto de la isla, sino de la parte donde yo residía.

La luz de un fuego en la costa.
Fue tal el azoramiento que se apoderó de mí que no me atrevía a salir de la enramada por miedo a que me sorprendieran, pero tampoco podía quedarme allí por temor a que los salvajes, errando por los alrededores, encontraran mis sembrados, las parvas de grano o cualquiera de mis otros trabajos, lo que les demostraría de inmediato la existencia de habitantes en el lugar. No dudaba que inmediatamente se pondrían a buscarme sin descanso, de manera que armándome de valor volví al castillo, levanté la escalera una vez que hube pasado, y traté de que todo tuviera el aspecto más salvaje y natural posible.
