Robinson Crusoe

Robinson Crusoe

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Inmediatamente me apresté a la defensa. Cargando lo que yo llamaba mis cañones, es decir, los mosquetes montados sobre horcones, y alistando las pistolas, me resolví a defenderme hasta el último aliento, sin olvidar encomendarme con fervor a la protección divina y rogar ardientemente a Dios que me salvara de las manos de aquellos bárbaros. Así me quedé por espacio de unas dos horas, lleno de impaciencia por saber lo que ocurría más allá y careciendo de exploradores o espías que fuesen a buscar novedades.

Después de estarme quieto, pensando qué debía hacer en la emergencia, no pude resistir por más tiempo la inactividad, de manera que coloqué la escalera haciéndola llegar como ya he descrito hasta el sitio donde la roca formaba una especie de plataforma; levantando luego la escala y volviéndola a colocar en dicho apoyo, me encaramé a la cresta de la colina. Me había tirado de boca contra el suelo, y con ayuda del anteojo que trajera ex profeso empecé a buscar el sitio donde ardía el fuego. Pronto descubrí que había nueve salvajes desnudos que rodeaban una hoguera, no para calentarse, ya que ninguna falta les hacía el calor en ese clima ardiente, sino probablemente para entregarse a alguno de sus horribles banquetes de carne humana que habrían traído consigo, aunque no alcanzaba a distinguir a los posibles prisioneros.


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