Robinson Crusoe

Robinson Crusoe

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Vi dos canoas que habían arrastrado fuera del agua; y como la marea estaba baja, parecían a la espera del flujo para embarcarse nuevamente. No es fácil describir mi estado de ánimo contemplando aquella escena, sobre todo al darme cuenta de que ocurría de este lado de la isla y tan cerca de mí. Pero al comprender que probablemente los desembarcos acontecían en el momento del reflujo, me tranquilicé un poco pensando que me sería posible salir con toda tranquilidad siempre que al empezar la marea no hubiese visto antes aproximarse las canoas. Esto me permitió proseguir con más calma las tareas de la cosecha.

Ocurrió tal como lo esperaba. Tan pronto creció la marea vi a los salvajes embarcarse y remar (o más bien palear) hacia fuera. Olvidaba decir que durante la hora y media que precedió a su marcha estuvieron bailando en la playa, y que con ayuda de los anteojos pude ver perfectamente sus movimientos y ademanes.

Tan pronto se alejaron me eché dos escopetas a la espalda, y con dos pistolas al cinto y la gran espada sin vaina al costado, corrí con toda la rapidez posible a la colina donde por primera vez había tenido noticia de los salvajes. Cuando llegué allá, después de dos horas de fatigosa marcha, cargado como estaba con tantas armas, descubrí que en ese lugar habían atracado otras tres piraguas; mirando hacia el mar alcancé a verlas todavía mientras se internaban en el océano.


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