Robinson Crusoe

Robinson Crusoe

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Durante ese intervalo de quince o dieciséis meses, la perturbación de mi espíritu fue grande. Dormía mal, despertándome en medio de terribles pesadillas y sobresaltado. Como de día no abrigaba más que esa constante preocupación, tal inquietud se reflejaba en mis sueños, donde me veía matando salvajes o preguntándome cuál era el motivo para hacerlo. Pero, dejando esto por el momento, diré que a mediados de mayo, creo que el dieciséis según los inseguros datos de mi calendario de madera que yo trataba de mantener al día; el dieciséis, digo, se levantó una gran tormenta de viento, con relámpagos y truenos, y la noche que siguió fue tempestuosa. No recuerdo exactamente las circunstancias, pero sí que me encontraba leyendo la Biblia y meditando seriamente en mi presente condición cuando escuché, viniendo del mar, un sonido semejante al de un cañonazo.

Sentí una sorpresa muy distinta de las que había experimentado hasta entonces, porque las ideas que aquel cañonazo despertaron en mí eran de naturaleza harto diferente. Me lancé como un rayo fuera de mi tienda, y en un santiamén puse la escalera contra la roca, la retiré, volví a colocarla en el segundo apoyo y me encaramé a la cumbre de la colina en el preciso instante en que un destello me anunciaba el segundo cañonazo, cosa que efectivamente escuché medio minuto más tarde; y por el sonido deduje que venía del lado del mar hacia donde una vez la corriente me arrastrara con el bote.


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