Robinson Crusoe
Robinson Crusoe Lo que salva a un hombre puede perder a otro. Estaba claro que aquellos marinos, ignorantes de la costa y de los arrecifes, habÃan sido arrastrados hacia ellos por el fuerte viento que toda la noche soplara del este y E-NE. De haber visto la isla —cosa al parecer muy improbable— lo más lógico era que hubiesen intentado llegar a tierra embarcándose en la chalupa; pero aquellos cañonazos en demanda de auxilio, especialmente después de haber visto, según yo suponÃa, mi hoguera, me llenaban de ideas contradictorias. Pensé primero que tras de divisar mi fuego se habrÃan embarcado en el bote del barco y puesto rumbo a la costa, pero que estando el mar embravecido los habrÃa arrastrado lejos. Luego imaginaba que habrÃan perdido la chalupa antes de encallar, como tantas veces ocurre, en especial cuando el oleaje barre la cubierta y obliga a los marineros a soltar el bote o romperlo para precipitarlo sobre la borda. Después pensé que otro navÃo, escuchando aquellas llamadas, se habrÃa acercado y recogido a los náufragos. Por fin imaginé a la tripulación mar afuera en la chalupa, arrastrada por la gran corriente marina que la llevarÃa hacia la desolada extensión del océano donde sólo reina la muerte. Acaso en este instante empezaban a sentir hambre, y pronto estarÃan en estado de comerse los unos a los otros.