Robinson Crusoe
Robinson Crusoe El trato que me dieron en Sallee no resultó tan duro como yo había esperado; ni siquiera me llevaron al interior del país con destino a la corte del emperador como les ocurrió a mis compañeros, sino que el capitán pirata me conservó como su parte en el botín, considerándome un esclavo joven y listo y por lo tanto apropiado para esa clase de andanzas.
Mi nuevo amo me había conducido a su casa, donde yo vivía en la esperanza de que me llevara consigo cuando volviera a embarcarse, confiando que el destino lo hiciera caer tarde o temprano prisionero de algún marino español o portugués y eso me valiera la libertad. Pronto, sin embargo, tuve que abandonar mi esperanza, porque cuando el pirata se embarcó me puso al cuidado del jardín y a cargo del resto de las tareas que son propias de los esclavos; y cuando volvió de su viaje me hizo subir a bordo para que me quedara vigilando el barco. Yo no hacía más que pensar en mi fuga y la manera de llevarla a cabo, pero no se me presentaba la más mínima ocasión y para mayor desgracia no tenía a nadie a quien participar mis intenciones y convencer de que se embarcara conmigo. Así pasaron dos años, en los que mi imaginación no descansó un momento, pero en los cuales jamás tuve oportunidad de utilizar mis ideas.
