Robinson Crusoe

Robinson Crusoe

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Pasados los dos años se presentó una ocasión bastante curiosa que volvió a animar en mí la esperanza de escaparme. Hacía mucho tiempo que mi amo permanecía en su casa sin alistar el barco para hacerse a la mar, según oí, por falta de dinero; dos veces a la semana, cuando el tiempo estaba bueno, acostumbraba salir de pesca en la pinaza del barco. En aquellas ocasiones me llevaba consigo, así como a un joven morisco, para que remáramos; ambos le placíamos mucho, en especial yo por mi habilidad en la pesca, tanto que terminó por enviarme algunas veces con un moro pariente suyo y el joven morisco a fin de que pescáramos para su mesa.

Mi habilidad en la pesca.

Aconteció que estando en la pinaza una mañana de mucha calma, se levantó tan espesa niebla que a media legua de la costa no podíamos verla, y remábamos sin saber en qué dirección; así pasamos todo el día y toda la noche hasta que al despuntar la mañana encontramos que habíamos salido al mar en vez de volver a tierra, de la que nos separaban por lo menos dos leguas. Con gran trabajo pudimos retornar, ya que el viento arreciaba y estuvimos en peligro, pero lo que más molestaba era el hambre.


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