Robinson Crusoe
Robinson Crusoe Mi primera medida fue convencer al moro de que necesitábamos embarcar con nosotros algunas provisiones para no sentir hambre durante la pesca, y aduje que no correspondía que tocáramos los alimentos que el amo había almacenado en la chalupa. A él le pareció bien y pronto vino trayendo un gran canasto de galleta o bizcochos y tres tinajas de agua. Yo sabía dónde guardaba mi amo sus licores, encerrados en una caja que, por el aspecto, era indudablemente de fabricación inglesa, sin duda botín de algún navío apresado; mientras el moro estaba en tierra llevé la caja a bordo como para hacer creer que el amo lo había ordenado así anteriormente. Llevé también un gran pedazo de cera que pesaba más de cincuenta libras, un rollo de bramante, una hachuela, una sierra y un martillo, todo lo cual nos sería muy útil más adelante, especialmente la cera para hacer velas. Equipados con todo lo necesario salimos del puerto a pescar, y los guardianes del castillo que defiende el puerto nos conocían tan bien que no nos molestaron, por lo que seguimos más de una milla fuera hasta encontrar sitio donde arriar las velas y principiar la tarea. El viento soplaba del N-NE, y por tanto no me convenía, mientras que viniendo del sur me hubiera llevado con seguridad a la costa española y a la bahía de Cádiz. Pero mi resolución estaba tomada; soplara de donde soplase yo me fugaría de aquel horrible lugar dejando el resto en manos del destino.