Robinson Crusoe
Robinson Crusoe Todo cuanto les mostré, todo cuanto les dije, los dejaba pasmados; pero el capitán admiró por sobre todo mi fortificación, en especial la forma en que había ocultado mi castillo con un soto que, plantado veinte años atrás y formado por árboles que crecen aquí mucho más pronto que en Inglaterra, era ahora un bosquecillo tan espeso que no había manera de atravesarlo salvo por el angosto pasaje trazado por mí. Dije al capitán que aquél era mi castillo y mi residencia, pero que al igual que muchos príncipes poseía una finca en el campo donde me gustaba pasar temporadas y que le mostraría en otra ocasión, pues de momento nuestro problema era considerar el modo de hacernos dueños del navío.
Convino en ello, pero agregó que no tenía la menor idea de cómo proceder, ya que a bordo quedaban todavía veintiséis hombres que, entregados a tan perversa conspiración y sabiendo que la ley la penaría en sus vidas, procederían arrastrados por la desesperación y dejándose llevar a cualquier extremo, seguros de que si eran reducidos su destino sería la horca apenas llegaran a Inglaterra o a cualquier colonia inglesa. Era por lo tanto imposible pretender atacarlos siendo nosotros tan pocos.