Robinson Crusoe
Robinson Crusoe Al llegar a Lisboa me puse a buscar y tuve al fin la satisfacción de ver a mi viejo amigo el capitán que me rescatara del mar, en la costa africana. Estaba muy anciano y se había retirado dejando a su hijo, ya hombre, a cargo del buque, que continuaba haciendo el tráfico con Brasil. El capitán no me reconoció, y a mí mismo me fue difícil reconocerlo a él, pero después de un momento recordé sus facciones, y lo mismo le ocurrió con las mías.
Después de regocijarnos mutuamente con la reanudación de nuestra vieja amistad le pregunté, como es de imaginar, por el estado de mi plantación y lo que había sido de mi socio. El anciano me dijo que no había viajado al Brasil en los últimos nueve años, pero que podía asegurarme que al abandonar aquellas tierras mi socio vivía aún; en cuanto a los apoderados, a quienes yo dejara junto con aquél al cuidado de mis bienes, ambos habían muerto.
Con todo creía posible lograr un buen detalle del adelanto de mi plantación, pues luego de haberse difundido la creencia de que me había ahogado en un naufragio, mis apoderados se apresuraron a rendir cuentas de mi parte al procurador fiscal, quien decidió adjudicar aquellos bienes, en tanto no me presentase yo a reclamarlos, un tercio al fisco y dos tercios al monasterio de San Agustín, que los empleaba en beneficio de los pobres y la conversión de los indios al catolicismo.