Robinson Crusoe
Robinson Crusoe Agregó que los sucesores de mis dos apoderados eran excelentes y honestas personas, dueñas de gran riqueza, por lo cual yo tendría no solamente ayuda para recobrar mis posesiones sino que recibiría una gran suma de dinero, producto de lo rendido por la plantación antes de que pasara a manos del estado en la forma señalada, cosa ocurrida unos doce años atrás según creía recordar.
Al escuchar sus palabras, me mostré sumamente preocupado e inquieto y quise saber cómo era posible que aquellos apoderados hubiesen dispuesto a su manera de mis efectos, siendo que yo había hecho testamento antes de embarcarme por el cual lo declaraba a él, el capitán portugués, mi legatario universal.
Me dijo que eso era cierto, pero que no existiendo prueba de que yo hubiese muerto no podía él actuar como ejecutor testamentario hasta tanto se recibiera testimonio seguro de mi desaparición.
Fuera de eso, no había querido intervenir en un asunto radicado en tierras tan remotas, aunque había registrado debidamente mi testamento a fin de que constasen sus derechos. De haber tenido prueba cierta de mi muerte, hubiese actuado por procuración recibiendo el «ingenio» —como llaman a las fábricas de azúcar— por intermedio de su hijo, que se encontraba actualmente en el Brasil.