Robinson Crusoe
Robinson Crusoe Aunque no teníamos idea de lo que podían ser tales alimentos los aceptamos de inmediato, pero el problema estaba en cómo recibirlos, pues ni yo me animaba a desembarcar ni ellos a llegarse hasta la chalupa; pronto vi, sin embargo, que habían encontrado un procedimiento satisfactorio para ambos, ya que dejaron la carne y los granos en la playa, se alejaron a gran distancia y me dieron tiempo de ir a buscarlos, tras lo cual volvieron a acercarse.
Teníamos, pues, provisiones y agua, y separándonos de aquellos cordiales negros seguimos navegando otros once días aproximadamente sin volver a arrimar a la costa, hasta que un día vi una tierra que penetraba profundamente en el mar a una distancia de cuatro o cinco leguas de donde estábamos; como el día era sereno, dimos una gran bordada para llegar a ella, y por fin, cuando doblamos la punta a unas dos leguas de la costa, distinguimos con toda claridad tierras al otro lado, mirando hacia el mar. Supuse que la tierra más próxima era Cabo Verde y la otra las islas que llevan su mismo nombre. Desgraciadamente estaban a una enorme distancia y no me decidía a lanzarme en su dirección por miedo a que una borrasca me sorprendiera a mitad de camino y sin poder llegar a una ni otra.
En este dilema me fui a la cabina a pensarlo mejor, dejando a Xury en el timón, cuando repentinamente le oí gritar: