Robinson Crusoe

Robinson Crusoe

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El consejo era tan sano y amistoso que comprendí que debía seguirlo, de manera que inmediatamente escribí cartas a la dama depositaría de mis fondos y entregué un poder al capitán. Conté a la viuda del capitán inglés todas mis aventuras, la esclavitud, mi fuga y cómo había conocido al capitán portugués; le narré su generoso comportamiento y en qué circunstancias me encontraba en ese momento, agregando las instrucciones necesarias para la transferencia de los fondos. Cuando el capitán llegó a Lisboa hizo que alguno de los comerciantes ingleses allí establecidos enviaran a Londres la orden y además el entero relato de lo que me había ocurrido, de tal modo que la viuda no solamente entregó sin vacilar el dinero sino que de su propio bolsillo envió un presente al capitán portugués, como homenaje a su generoso y humano proceder.

El corresponsal en Londres invirtió mis cien libras esterlinas en artículos ingleses tal como el capitán se lo había mandado, y los remitió a Lisboa, de donde mi amigo los trajo felizmente al Brasil. Entre aquellas mercancías, y sin que yo las hubiera pedido, pues era aún demasiado inexperto en la plantación para pensar en ello, venían, por encargo del capitán, herramientas, instrumentos y utensilios necesarios para el trabajo, que me fueron de gran utilidad.


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