Robinson Crusoe
Robinson Crusoe ¡Cuántas veces la excesiva prosperidad es el más seguro medio de precipitarnos en la mayor desgracia! Así ocurrió conmigo. Al año siguiente la plantación me dio gran cosecha y recogí cincuenta fardos de tabaco fuera de la cantidad destinada a cambiar a los vecinos por otros productos. Cada rollo pesaba más de cien libras, y luego de prepararlos convenientemente los dejé en depósito hasta que volviera el convoy de Lisboa. Entretanto, próspero en negocios y riqueza, empecé a dejarme llevar por proyectos y ambiciones superiores a mis medios, fantasías que terminan por ser la ruina de los comerciantes más expertos.
Podéis imaginar que llevando casi cuatro años en el Brasil y dirigiendo una floreciente plantación, no sólo había aprendido el idioma sino que sostenía relaciones con los demás plantadores y los comerciantes de San Salvador, que era nuestro puerto. En diversas ocasiones les había narrado mis dos viajes a la costa de Guinea, la forma de comerciar con los negros y qué fácil es conseguir no solamente oro en polvo, granos, colmillos de elefante, sino también negros para el servicio de las plantaciones, a cambio de insignificancias como cuentas de vidrio, cuchillos, tijeras, hachuelas, pedazos de cristal y otras chucherías.