Meditaciones
Meditaciones Por todo lo cual, señores, a pesar de la fuerza que puedan tener mis razones, como pertenecen a la filosofía, no espero que produzcan gran efecto en los espíritus, si vosotros no les concedéis vuestra protección. Pero siendo tanta la estimación que todo el mundo siente por vuestra sociedad y gozando el nombre de la Sorbona de tan grande autoridad, que en lo tocante a la fe ninguna otra compañía, después de los sagrados concilios, ha visto nunca tan respetados sus fallos, y no sólo en cosas de fe, sino también en lo que se refiere a la humana filosofía, pues nadie cree que sea posible hallar mayor solidez y más conocimientos que los que vosotros tenéis, ni más prudencia e integridad en la emisión de los juicios, no dudo que si os dignáis acoger este escrito con el cuidado de favorecerlo corrigiéndolo (pues conozco, no sólo mi flaqueza, sino también mi ignorancia, y no me atrevo a asegurar que no contenga error alguno), y después añadiendo lo que le falte, acabando lo que esté imperfecto, y tomándoos el trabajo de dar más amplia explicación de las cosas que lo necesiten, o al menos de advertírmelas para que yo lo haga; y, por último, cuando las razones con que pruebo que hay un Dios y que el alma humana difiere del cuerpo, hayan llegado a tal punto de claridad y de evidencia, a que estoy seguro pueden llegar que deban ser tenidas por muy exactas demostraciones, si entonces os dignáis autorizarlas con vuestra aprobación y dar testimonio público de su verdad y certidumbre, no dudo, repito, que después de esto, todos los errores y falsas opiniones que han existido tocante a estas dos cuestiones, queden pronto borrados del espíritu de los hombres. Pues la verdad será tal, que los doctos y los hombres de ingenio acatarán vuestro juicio y vuestra autoridad; los ateos, que suelen ser más arrogantes que doctos y juiciosos, renunciarán a su espíritu de contradicción, o hasta quizá lleguen a defender las razones que vean admitidas como demostrativas por todos los hombres de buen ingenio, temiendo que se crea que no las entienden; y, por último, todos los demás se rendirán fácilmente ante tantos y tales testimonios y no habrá nadie que se atreva a poner en duda la existencia de Dios y la distinción real y verdadera del alma humana y del cuerpo.