Meditaciones
Meditaciones Asà he trabajado cuanto he podido para poner en este tratado todo lo que he conseguido descubrir mediante ese método. No es que haya recogido aquà todas las razones varias que podrÃan adelantarse en prueba de tan grande asunto; pues siempre he creÃdo que tal abundancia no es necesaria, sino cuando ninguna de las razones es cierta. He tratado, pues, solamente las primeras y principales, de tal suerte que me atrevo a proponerlas como muy evidentes y muy ciertas demostraciones. Y diré, además, que son tales, que no creo que haya ningún otro camino por donde el ingenio humano pueda descubrir mejores pruebas; que la importancia del tema y la glorÃa de Dios, a que todo esto se refiere, me obligan a hablar aquà de mà mismo, con alguna mayor libertad de lo que suelo usar. Sin embargo, por muy ciertas y evidentes que me parezcan mis razones, no estoy persuadido de que todo el mundo sea capaz de entenderlas. Asà como en la geometrÃa hay algunas que nos han legado ArquÃmedes, Apolonio, Pappus y otros, las cuales son admitidas por todo el mundo como muy ciertas y evidentes, porque nada contienen que, considerado aparte, no sea muy fácil conocer, y además todas se siguen unas de otras en exacto enlace y dependencia con las anteriores; y, sin embargo, por ser algo largas y exigir un ingenio muy entero, no son comprendidas y entendidas sino por poquÃsimas personas, asà también, aunque yo estimo que las razones de que hago uso aquà igualan y hasta superan en certeza y evidencia a las demostraciones de la geometrÃa, sin embargo, temo que no puedan ser suficientemente entendidas por algunos, no sólo porque son también algo largas y enlazadas unas con otras, sino principalmente porque requieren un ingenio por completo exento de prejuicios y que sea capaz de librarse con facilidad del comercio de los sentidos. Y, a decir verdad, no son tantos en el mundo los que sirven para las especulaciones de la metafÃsica, como para las de la geometrÃa. Y además, hay esta diferencia: que en la geometrÃa, como todos están hechos a la opinión de que nada se propone sin una demostración cierta, resulta que los que no están del todo versados en esa ciencia, cometen con más frecuencia el pecado de aprobar falsas demostraciones, para dar a entender que las comprenden, que el de refutar las verdaderas. No ocurre otro tanto en la filosofÃa, pues aquà creen todos que todo es problemático y pocas personas se dedican a investigar la verdad; y aun muchos, deseando adquirir fama de espÃritus fuertes, se empeñan en combatir con arrogancia las verdades más aparentes.