Un hombre sin piedad
Un hombre sin piedad Las nubes oscuras se arremolinaban sobre el rancho Sinclair, reflejando el peso que parecÃa colgar en el aire. Boone Sinclair siempre habÃa sido un hombre de pocas palabras, pero en los últimos dÃas, su silencio se habÃa vuelto aún más impenetrable, como si cargara un secreto que nadie debÃa descubrir. Keely lo notaba; su mirada era más frÃa, su semblante más tenso. Sin embargo, lo que Boone no sabÃa era que el pasado que intentaba enterrar estaba a punto de alcanzarlo. Aquella tarde, mientras Keely trabajaba en la clÃnica veterinaria, un hombre alto y elegante entró al lugar. Su rostro era desconocido, pero su postura era inconfundible: alguien acostumbrado a tener poder. Llevaba una expresión calculadora que le puso a Keely la piel de gallina. —Buenas tardes. Estoy buscando a Boone Sinclair —dijo con voz grave. Keely lo miró, desconcertada. —No está aquÃ. ¿Quién le busca? El hombre sonrió de manera cortés, pero sus ojos estaban llenos de algo oscuro. —Solo un viejo amigo. DÃgale que Leland Turner está en el pueblo. Keely asintió, sintiendo un escalofrÃo que no pudo explicar. Cuando el hombre se marchó, quedó con la sensación de que algo importante acababa de ocurrir. Más tarde, en el rancho, decidió mencionar el encuentro a Boone. Lo encontró en los establos, trabajando en silencio con uno de los caballos. —Hoy vino un hombre preguntando por ti —dijo, tratando de sonar casual. Boone ni siquiera levantó la vista. —¿Quién? —Leland Turner. Por un instante, la reacción de Boone fue mÃnima: un movimiento apenas perceptible en su mandÃbula, una contracción en sus dedos mientras sujetaba las riendas. Pero para Keely fue suficiente para entender que ese nombre cargaba un peso especial. —¿Qué querÃa? —preguntó Boone finalmente, su voz baja y medida. —Dijo que estaba en el pueblo y querÃa verte. Boone soltó las riendas y se enderezó, su rostro endurecido. —Gracias por decÃrmelo. No te preocupes por eso. —¿Quién es? —insistió Keely, incapaz de contener su curiosidad. —Nadie importante. Pero sus palabras sonaban vacÃas, como si tratara de convencerse a sà mismo. Sin decir más, Boone salió de los establos, dejándola con más preguntas que respuestas. Esa noche, Keely no pudo dormir. Algo en la actitud de Boone la perturbaba profundamente. Era como si estuviera luchando contra un enemigo invisible, uno que no podÃa derrotar con su fuerza fÃsica. Winnie, que habÃa notado la tensión, trató de tranquilizarla. —Boone siempre ha sido asÃ. Tiene demonios que no comparte con nadie. Ni siquiera conmigo. —Pero parece... peor. Como si algo lo estuviera alcanzando. Winnie suspiró, su mirada cargada de preocupación. —Es posible. A la mañana siguiente, Keely se decidió. Si Boone no iba a enfrentar su pasado, ella lo harÃa por él. Fue al pueblo y encontró a Leland Turner en la cafeterÃa local. El hombre la recibió con una sonrisa que no alcanzó a sus ojos. —Veo que Boone tiene a alguien que lo cuida. Eso es interesante. —No estoy aquà para cuidar de nadie. Solo quiero saber qué relación tienes con él. Turner se rió entre dientes, como si encontrara su valentÃa divertida. —Boone y yo compartimos un pasado. Uno complicado. Digamos que le debo un par de favores... y él me debe a mÃ. Keely no sabÃa qué pensar, pero las palabras de Turner la llenaron de inquietud. HabÃa algo más profundo en esa conexión, algo que Boone no querÃa que nadie supiera. Cuando regresó al rancho, encontró a Boone esperándola en el porche. Su expresión era sombrÃa, y por primera vez, Keely vio algo más allá de su fachada de hombre impenetrable: miedo. —¿Fuiste a ver a Turner? —preguntó, su tono cargado de advertencia. Keely asintió. —SÃ. QuerÃa entender qué está pasando. Boone, lo que sea que esté ocultando... no tienes que enfrentarlo solo. —No sabes de lo que estás hablando, Keely. Esto no te concierne. —Me concierne si te afecta a ti. Boone la miró, su mandÃbula tensa, como si estuviera librando una batalla interna. Finalmente, dejó escapar un largo suspiro. —Hay cosas en mi pasado que no puedo cambiar. Cosas que me perseguirán hasta el dÃa en que muera. —Entonces deja que te ayude. Por un momento, Boone pareció a punto de decir algo más, pero se detuvo. En su lugar, sacudió la cabeza y se dirigió al establo, dejándola sola en la oscuridad. Keely sabÃa que estaba tocando una herida abierta, pero también sabÃa que no podÃa retroceder. Boone estaba atrapado en un laberinto de secretos, y si no encontraba la manera de enfrentarlos, podrÃa perderlo para siempre.
