Un hombre sin piedad
Un hombre sin piedad El día amaneció con un aire pesado en el rancho Sinclair, como si las nubes mismas presintieran la tensión que iba a desatarse. Keely llegó temprano, invitada por Winnie para pasar el día montando a caballo. Pero su verdadera intención no era disfrutar del paisaje; era verlo a él. Boone Sinclair estaba allí, como siempre, supervisando a sus hombres. Una figura alta y enigmática, con su sombrero de vaquero echado hacia adelante, como si quisiera esconderse del mundo. Keely decidió que ese día sería diferente. No iba a dejar que Boone siguiera tratándola como si fuera invisible. Respiró hondo, se obligó a controlar el temblor de sus manos, y se acercó a él mientras ajustaba la montura de su caballo. —¿Puedo ayudarte con algo? —preguntó ella con una voz que sonó más fuerte de lo que esperaba. Boone levantó la mirada, su rostro inexpresivo, pero sus ojos—fríos y calculadores—se clavaron en ella como si estuviera analizando cada centímetro de su ser. —¿Ayudarme? —dijo con un deje de incredulidad. Keely tragó saliva. —Sí. Estoy aquí, ¿no? Podría aprender algo útil. Por un instante, pareció que Boone iba a responder con alguna mordaz indiferencia, como siempre hacía, pero en lugar de eso, su mirada se suavizó apenas un segundo antes de volver a enfriarse. —Esto no es un juego, Keely. Estos caballos no son como esos ponis en las ferias. —No soy una niña, Boone. —Las palabras salieron más cortantes de lo que pretendía, pero no las retiró. Él se detuvo, apoyó una mano en la montura y la observó en silencio. Ese silencio era peor que cualquier palabra, como si estuviera midiendo su valor. Finalmente, negó con la cabeza y regresó a su tarea. —Entonces deja de actuar como una. Keely sintió el calor de la humillación subirle al rostro, pero no se retiró. Estaba decidida a demostrarle que había cambiado, que no era la niña que él había ignorado por años. El resto del día, Boone apenas le dirigió la palabra. Incluso cuando Winnie trató de incluirla en la conversación durante la cena, él se mantuvo distante. Pero Keely notó algo que los demás no parecían captar: Boone no era indiferente. Era protector. Incluso cuando fingía ignorarla, sus ojos la seguían en los momentos más inesperados, como si estuviera cuidando de ella desde lejos. Esa noche, Winnie y Keely se sentaron en el porche trasero del rancho, hablando bajo las estrellas. Winnie se inclinó hacia su amiga con una sonrisa conspiradora. —¿Sabes que Boone estuvo preguntando por ti a mi hermano Clark? Keely la miró, incrédula. —¿Por mí? ¿Qué dijo? —No mucho, pero... lo suficiente como para que se notara que estaba interesado. —Winnie alzó las cejas con picardía—. Tal vez no sea tan indiferente como parece. Keely trató de contener la emoción que comenzaba a burbujear en su pecho. Si había una posibilidad, por pequeña que fuera, de que Boone realmente la viera como algo más que una niña... estaba decidida a tomarla. A la mañana siguiente, se encontró con Boone en los establos. Él estaba ocupado preparando uno de los caballos para una inspección, y al principio no pareció notarla. Pero cuando Keely se acercó, algo en su postura cambió. Se tensó, como si su presencia lo pusiera en guardia. —¿Qué quieres ahora? —preguntó, sin levantar la vista. —Montar contigo. —Keely cruzó los brazos, desafiándolo. Él soltó una breve risa, seca y carente de humor. —¿Montar conmigo? No creo que puedas seguirme el ritmo. —Prueba. Boone levantó la mirada y por un momento, algo chispeó en sus ojos. No era burla, ni irritación, sino algo más profundo. Como si estuviera considerando la posibilidad de verla bajo una nueva luz. Finalmente, asintió con la cabeza hacia el caballo más cercano. —Súbete, entonces. Pero no me culpes si terminas en el suelo. Montaron juntos hacia las colinas, el silencio entre ellos solo roto por el ruido de los cascos contra el suelo. Keely sabía que no podía forzarlo a abrirse, pero tampoco iba a retroceder. Boone Sinclair podía ser el hombre más cerrado y complicado que hubiera conocido, pero también era el único que había capturado su corazón. Cuando llegaron a un claro en lo alto de la colina, Boone detuvo su caballo y miró hacia el horizonte. Keely lo imitó, observándolo de reojo. Por un instante, pareció que iba a decir algo, pero luego simplemente sacudió la cabeza y miró hacia abajo, donde el rancho se extendía como un océano bajo el cielo. —Hay cosas que no entiendes, Keely. Ella lo miró, decidida. —Entonces explícame. Boone la observó por un largo momento, y aunque no dijo nada más, Keely sintió que algo había cambiado. Tal vez no era mucho, pero era un comienzo.