Un hombre sin piedad
Un hombre sin piedad El viento nocturno arrastraba un eco de incertidumbre mientras Boone se preparaba para lo inevitable. HabÃa pasado el dÃa haciendo llamadas, arreglando asuntos en el rancho y, finalmente, guardando un arma en su camioneta. Keely lo observaba desde la ventana, cada acción suya una declaración silenciosa de que no tenÃa intención de retroceder. —No tienes que hacerlo solo —le dijo Keely cuando lo interceptó en la puerta. Boone negó con la cabeza, su mirada fija en el horizonte. —SÃ, tengo que hacerlo. —No. —Keely bloqueó su camino—. No puedes seguir empujándome fuera de tu vida. Si esto es importante, entonces soy parte de ello. Él la miró por un largo momento, su mandÃbula apretada. Luego suspiró y asintió. —Está bien. Pero si las cosas se ponen feas, quiero que salgas de allÃ. Prométemelo. Keely no prometió nada, pero lo acompañó de todos modos. La confrontación tuvo lugar en un almacén en las afueras del pueblo, un lugar que olÃa a aceite viejo y madera húmeda. Turner ya estaba allÃ, apoyado contra su coche con una sonrisa de satisfacción. No estaba solo. Dos hombres más lo flanqueaban, ambos con posturas que sugerÃan que sabÃan muy bien cómo manejarse en una pelea. —Boone, sabÃa que vendrÃas. —Turner sonrió, pero no habÃa calidez en su expresión. Era una trampa y todos lo sabÃan. —¿Qué quieres, Turner? —preguntó Boone, su voz firme pero baja. Turner dio un paso adelante, sus ojos brillando con algo que se parecÃa al triunfo. —Quiero lo que me debes. O, mejor aún, quiero verte arrastrarte un poco más. Es divertido. —Ya basta de juegos. —Boone avanzó un paso, y la tensión en el aire se volvió casi palpable—. No te debo nada. Hice lo que tenÃa que hacer para mantener a mi equipo vivo, y tú elegiste tu precio. Lo pagué. Esto se acabó. Turner rió, seco y cruel. —¿Y crees que eso será suficiente para detenerme? Si quiero, puedo destruir tu reputación en un abrir y cerrar de ojos. —Entonces hazlo. —La voz de Boone era un trueno contenido—. Pero no volverás a manipularme. La tensión alcanzó un punto crÃtico. Uno de los hombres de Turner dio un paso hacia Boone, pero antes de que pudiera hacer nada, Keely lo interrumpió. —¿Esto es todo lo que eres? —dijo, enfrentándose directamente a Turner—. Un hombre que se esconde detrás de amenazas y matones porque no puede enfrentarse a alguien como Boone directamente. Turner pareció sorprendido por un instante, pero su expresión se endureció rápidamente. —Niña, no sabes en qué te estás metiendo. —Sé exactamente en qué me estoy metiendo. —Keely sostuvo su mirada, desafiándolo—. Y si te atreves a tocarlo, serás tú quien se enfrente a las consecuencias. Por un momento, pareció que Turner iba a ordenar a sus hombres que atacaran, pero algo en su expresión cambió. Tal vez era la resolución en los ojos de Keely, o la firmeza inquebrantable de Boone, pero retrocedió. —No vale la pena. —Turner hizo un gesto a sus hombres para que se marcharan, pero antes de irse, se giró hacia Boone—. Esto no ha terminado. Cuando finalmente quedaron solos, Boone dejó escapar un suspiro profundo. Keely se acercó, sus manos temblorosas mientras tocaba su brazo. —¿Estás bien? Él asintió, pero sus ojos estaban oscuros. —Lo importante es que tú estás bien. El regreso al rancho fue silencioso, pero algo habÃa cambiado entre ellos. Boone ya no llevaba el peso de su pasado solo. HabÃa enfrentado sus demonios, y aunque sabÃa que Turner no desaparecÃa del todo, ahora tenÃa algo que lo hacÃa más fuerte: Keely. Esa noche, mientras el cielo texano brillaba con estrellas, Boone y Keely se sentaron juntos en el porche. Él finalmente habló, su voz suave, casi vulnerable. —Siempre pensé que el amor era una debilidad, que era mejor mantener a la gente a distancia. Pero tú... tú haces que todo sea diferente. Keely lo miró, su corazón latiendo con fuerza. —No tienes que protegerme de ti, Boone. Solo déjame estar a tu lado. Él la tomó de la mano, su mirada fija en ella. —Te lo prometo, Keely. Lo haré mejor. Bajo el cielo de Texas, donde las sombras finalmente se disipaban, Keely y Boone encontraron algo que siempre habÃa estado allÃ, esperando el momento correcto para florecer: esperanza.
