La picara vida

La picara vida

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—¡Dios mío! —decía la madre siempre que encontraba ocasión para ello, y la encontraba a cualquier hora—. ¡Dios mío, haz a mi hijo feliz, conserva su existencia preciosa y no me proporciones el pesar horrible de verle morir, de llevarlo contigo antes que yo muera! Que viva él que es joven, que puede hacer tanto en tu divino servicio. ¡Que viva él!… A mí, señor, a esta pobre vieja que solo sinsabores y penas ha sufrido en el mundo, llévame ya de él, concédame tu misericordia el descanso que ardientemente solicito. La vida es para mí carga pesada; la muerte fiera, descanso, y yo la recibiría con los brazos abiertos. Venga la muerte para mí: la recibiré como un bien.


Dormían la madre y el hijo en dos alcobas inmediatas, cuyas puertas desembocaban en una misma habitación; y en su alcoba era donde todas las noches, antes de acostarse y arrodillada sobre el suelo, repetía la anciana por último su deseo y un ruego de que la muerte acabase con las desventuras de su existencia y respetase la existencia del virtuoso sacerdote.

Cierta noche, a las primeras horas de la madrugada, sintió la vieja un ruido extraño en la habitación inmediata a la suya y le produjo sorpresa aterradora verla iluminada por una media luz amarilla, que, paso a paso, iba avanzando hacia su alcoba.


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