La picara vida
La picara vida Era una luz fúnebre, indecisa, espectral. Los dientes de la vieja chocaron unos contra otros a impulsos del terror, terror grande, que subió de punto cuando, alumbrada por los amarillentos reflejos, vio entrar en su cuarto una figura alta, descarnada, huesosa, esqueleto siniestro que empuñaba con una de sus manos guadaña mortÃfera y recogÃa con la otra los pliegues de su sudario, que por la rigidez de sus miembros parecÃa de piedra.
Era la muerte.
—¡La muerte! —exclamó la vieja con espanto.
—SÃ, la muerte —repuso el fantasma—. La muerte que a todas horas pides y que compadecida de tus sufrimientos y accediendo a tus súplicas llega a ti, para recogerte entre sus brazos y llevarte a los espacios del no ser. Ven, vas a quedar, al fin, satisfecha.
Y extendió hacia la anciana sus brazos descarnados y fuertes.
El terror de la buena mujer no tuvo lÃmite; sintió renacer en ella vigorosamente el ciego instinto de conservación, sus nervios se crisparon, y su cuerpo, enflaquecido por los años, se estremeció horriblemente.
—¡No! —gritó con desesperación—. No; ¡morir no!… ¡Aléjate, por caridad! He mentido. ¡No quiero morir! ¡Vete!… No te acerques a mÃ. ¡Escoge otra vÃctima, si otra vÃctima te es necesaria!
