Cancion de Navidad

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—Ojalá fuera más severo —replicó la otra señora—; y lo habría sido, podéis estar seguros, si yo hubiera podido intervenir. Abre el fardo, viejo Joe, y dime cuánto vale. Dímelo claramente. No me da miedo ser la primera, ni a que ellos lo vean. Sabíamos bastante bien que estábamos sirviéndonos a nosotros mismos, antes de congregarnos aquí, creo. No es ningún pecado. Abre el fardo, Joe.

Pero la cortesía de sus amigos no iba a permitirlo, y el hombre vestido de negro desvaído, rompió el hielo y sacó su botín. No fue muy abundante. Un sello o dos, un plumier, un par de gemelos, y un broche de poco valor fue todo. Uno por uno fueron examinados y valorados por el viejo Joe que apuntó con tiza en la pared las cantidades que estaba dispuesto a dar por cada cosa, y las sumó cuando vio que no venía nada más.

—Esa es tu cuenta —dijo Joe— y no daría ni un penique más aunque me hirvieran por no hacerlo. ¿Quién va?

La señora Dilber era la siguiente. Sábanas y toallas, algo de ropa fina, dos cucharitas antiguas de plata, unas tenacillas para el azúcar y algunas botas. Su cuenta fue escrita en la pared de igual manera.


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