Cancion de Navidad
Cancion de Navidad —¡QuĂ© más da! ÂżQuĂ© más da, señora Dilber? —dijo la mujer—. Toda persona tiene derecho a ocuparse de sĂ misma. ¡Él siempre lo habĂa hecho!
—¡Eso es verdad! —dijo la lavandera—. Nadie lo habĂa hecho más que Ă©l.
—Entonces no te quedes ahà mirando como si tuvieses miedo mujer; ¿quién es el más sabio? Supongo que no nos vamos a tirar de los pelos ahora.
—¡Claro que no! —dijeron a la vez la señora Dilber y el hombre—. ¡Esperemos que no!
—¡Muy bien, entonces! —exclamó la mujer—. Dejémoslo. ¿A quién le hace daño la pérdida de unas cuantas cosas como éstas? Me imagino que a un muerto no.
—¡Claro que no! —dijo la señora Dilber, riéndose.
—Si querĂa guardarlas despuĂ©s de muerto, el malvado viejo avaro —prosiguiĂł la mujer—, Âżpor quĂ© no hizo una vida más normal? Si la hubiese hecho, hubiera tenido a alguien que le cuidara cuando fue llamado por la muerte en vez de estar tendido dando boqueadas hasta su final, completamente solo.
—Es la más pura verdad jamás dicha —dijo la señora Dilber—. Es un castigo de Dios.