Cancion de Navidad
Cancion de Navidad El calor y el frío del exterior tenían poca influencia sobre Scrooge. Ni el calor lo calentaba ni el tiempo invernal lo enfriaba. Ningún viento que soplara era más cortante que él, ninguna nieve que cayera estaba más concentrada en su propósito, ninguna lluvia, por recia que fuera, estaba menos abierta a una súplica. Los temporales no sabían dónde encontrarlo. La más intensa lluvia, la nieve, el granizo, y el aguanieve podrían presumir de ser mejores que él en un solo sentido; ellos a menudo eran generosos, Scrooge jamás lo era.
Jamás lo paraba nadie por la calle para decirle con una mirada sonriente: «Querido Scrooge, ¿qué tal está? ¿cuándo va a venir a verme?». Los pobres no le pedían limosna, los niños no le preguntaban la hora, jamás en su vida un hombre o una mujer le había preguntado a Scrooge cómo se iba a tal o cual sitio. Hasta los perros de los ciegos parecían conocerlo; y cuando lo veían venir tiraban de sus dueños hasta los portales y por los callejones; después meneaban el rabo como diciendo «¡no hay ojo mejor que el ojo malo, desventurado amo!».
Pero ¿qué le importaba a Scrooge? Era justo lo que le gustaba. Abrirse paso por los abarrotados caminos de la vida, advertir a toda simpatía humana que mantuviera las distancias, era lo que los que le conocían consideraban una fuente de placer para Scrooge.