Cancion de Navidad
Cancion de Navidad Era su propia habitación. De eso no había ninguna duda. Pero había sufrido una transformación sorprendente. Las paredes y el techo estaban tan cubiertos de vegetación, que parecían un perfecto bosquecillo desde cada rincón del cual refulgían las brillantes y relucientes bayas. Las crujientes hojas del acebo, el muérdago y la hiedra reflejaban la luz como si un número igual de pequeños espejos hubieran sido esparcidos por allí; y tan fuerte resplandor subió rugiendo por la chimenea, como jamás había visto en tiempos de Scrooge, o de Marley, o en muchísimos y muchísimos inviernos anteriores aquella apagada chimenea pétrea. Amontonados sobre el suelo, como formando una especie de trono, había pavos, gansos, caza, aves de corral, cabeza de jabalí, grandes asados de carne, lechones, largas vueltas de salchichas, pasteles de carne picada, pudin de ciruela, barriles de ostras, castañas al rojo vivo, lustrosas manzanas rojas, naranjas jugosas, peras voluptuosas, bizcochos de la Noche de Reyes y cuencos humeantes de ponche que dejaban la habitación borrosa con su delicioso vapor. En una postura cómoda sobre este sofá, estaba sentado un gigante jovial[17] con un aspecto glorioso, que llevaba una antorcha resplandeciente no muy diferente en forma de la del cuerno de la abundancia, y la sostenía arriba, bien arriba, para derramar su luz sobre Scrooge según se asomaba por la puerta.