Casa desolada

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CAPÍTULO XXXIV

UNA VUELTA DE TUERCA

—¿Y ahora, qué es esto? —se pregunta el señor George—. ¿Es un cartucho de fogueo o una bala? ¿Un relámpago o un disparo?

El objeto de las especulaciones del soldado es una carta abierta, que parece tenerlo totalmente perplejo. Alarga el brazo para contemplarla, después vuelve a acercársela, la sostiene en la mano derecha, después en la izquierda, la lee con la cabeza ladeada, frunce las cejas, las levanta, no puede convencerse. La alisa en la mesa con una manaza, se da un paseo, pensativo, arriba y abajo de la galería, se detiene ante la carta de vez en cuando, para mirarla con ojos nuevos. Tampoco eso le vale. Y el señor George se sigue preguntando: «¿Es un cartucho de fogueo o está cargado?».

Phil Squod se está dedicando, con la ayuda de un pincel y de un bote de pintura, a blanquear los objetivos de tiro que hay al otro extremo, mientras silba bajito, a ritmo de marcha y a paso de flauta y tambor, la canción del soldado que ha de volver a la chica que dejó.

—¡Phil! —le llama el soldado, y le hace una seña para que venga.


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