Casa desolada
Casa desolada Phil se acerca como es costumbre en él: primero, de lado, como si fuera a otra parte, y después lanzándose hacia su comandante como si estuviera en una carga a la bayoneta. Lleva manchas blancas como altorrelieves en la cara sucia, y se rasca una ceja con el mango del pincel.
—¡Atención, Phil! Escucha esto.
—Calma, mi comandante, calma.
—«Muy señor mÃo: Me permito recordarle (aunque como usted sabe, no tengo legalmente la obligación de hacerlo) que el pagaré a dos meses vista firmado a usted por el señor Matthew Bagnet, y aceptado por usted, por la suma de noventa y siete libras, cuatro chelines y nueve peniques, expira mañana, cuando le ruego lo redima usted tras el debido pago. Le saluda atentamente Joshua SMALLWEED». ¿Qué te parece, Phil?
—No me gusta, jefe.
—¿Por qué?
—Creo —replica Phil, tras rascarse, pensativo, una arruga de la frente con el mango del pincel— que siempre trae malas consecuencias cuando le piden a uno dinero.
—FÃjate, Phil —dice el soldado, sentado a la mesa—, que en primer lugar ya he pagado, podrÃamos decir, el principal y la mitad más, entre los intereses y unas cosas y otras.