Casa desolada

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Phil, al dar un paso o dos hacia atrás, con una mueca inexplicable en la cara, sugiere que no considera que la transacción resulte más prometedora por ese pequeño detalle.

—Y fíjate, además, Phil —continúa diciendo el soldado, rechazando esa conclusión prematura con un gesto de la mano—, que siempre ha estado entendido que este pagaré se iba a prorrogar, como dicen ellos. Y se ha prorrogado no sé cuántas veces. ¿Qué dices ahora?

—Digo que creo que ya no va a haber más veces.

—¿Eso dices? ¡Ejem! Yo opino algo muy parecido.

—¿Joshua Smallweed es ése al que trajeron aquí en una silla?

—El mismo.

—Jefe —dice Phil con enorme gravedad—, tiene el alma de una sanguijuela, actúa como tuerca y tornillo al mismo tiempo, ataca como una serpiente, tiene unas pinzas de langosta.

Tras manifestar de modo tan expresivo sus sentimientos, el señor Squod, que espera un momento a ver si ha de seguir diciendo algo más, vuelve por su método habitual al blanco que estaba pintando, y manifiesta vigorosamente, por su medio musical de antes, que ha de volver y va a volver a aquella damisela ideal. George, tras volver a doblar la carta, se le acerca.


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