Casa desolada
Casa desolada —Hay una forma, mi comandante, de arreglar esto —dice Phil con una mirada astuta.
—¿Pagar el dinero, supongo? Ojalá pudiera. Phil niega con la cabeza:
—No, jefe, nada tan malo. Hay una forma —dice Phil, imprimiendo un movimiento muy artÃstico al pincel—, y es lo que estoy haciendo yo ahora.
—¿Borrarlo? Phil asiente.
—¡Pues vaya una forma! ¿Sabes lo que pasarÃa con los Bagnet en ese caso? ¿Sabes que se arruinarÃan para pagar viejas cuentas? ¡Pues vaya un personaje moral que eres tú, te lo aseguro, Phil! —exclama el soldado, contemplándolo desde su altura con no poca indignación.
Phil, con una rodilla apoyada en el blanco, está a punto de protestar muy en serio, aunque no sin grandes sacudidas alegóricas de su pincel, y alisamientos de la superficie blanca en torno a los bordes con el pulgar, que habÃa olvidado la responsabilidad de Bagnet, y que no querrÃa ni tocarle un pelo a ningún miembro de esa digna familia, cuando se oyen pasos en el largo corredor de fuera y se oye una voz animada que pregunta si está George en casa. Phil mira a su amo y va cojeando a la puerta, mientras responde:
—¡Aquà está el jefe, señor Bagnet! ¡Aquà está! —y aparece la viejita, acompañada por el señor Bagnet.