Casa desolada

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La señora nunca sale a dar un paseo, sea cual sea la estación del año, sin una capa de paño gris, burda y muy gastada, pero muy limpia, que sin duda es la misma prenda que resulta tan interesante al señor Bagnet, debido a que llegó a Europa desde otra parte del globo en compañía de la señora Bagnet y de un paraguas. Este último fiel apéndice también forma, invariablemente, parte del atavío de la viejita cuando sale de casa. Tiene un color que nadie puede describir en este mundo, y por mango tiene un gancho rugoso de madera, con un objeto metálico clavado en su proa o pico, que parece un modelo a escala de un farol de puerta o uno de los vidrios ovalados de un par de impertinentes, objeto ornamental que no tiene esa capacidad tenaz de aguantar en su puesto como cabría desear en un objeto que ha tenido una relación tan larga con el Ejército Británico. El paraguas de la viejita tiene una cintura fofa y parece necesitar ballenas, aspecto que quizá se explique porque en la casa ha servido muchos años de receptáculo de diversos objetos, y en los viajes de portamantas. Nunca lo abre, pues se fía totalmente de su fiel capa con su amplia capucha, sino que, en general, utiliza el instrumento como si fuera una vara con la que apuntar a los trozos de carne o las verduras que desea en el mercado, o para atraer la atención de los vendedores con un golpecito amistoso. Nunca sale a la calle sin su cesta de la compra, que es una especie de pozo sin fondo con dos tapaderas que suben y bajan. Acompañada de estos compañeros de confianza, pues, y con su cara honrada y tostada asomando animada bajo un sombrero de paja dura, llega la señora Bagnet, de buen color y animada, a la Galería de Tiro de George.


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