Casa desolada
Casa desolada —Bueno, George, muchacho —dice—, ¿y cómo te va en este excelente dÃa?
La señora Bagnet le da la mano amistosamente, exhala un largo suspiro tras su paseo y se sienta a descansar. Como tiene la facultad, madurada en incontables carromatos de impedimenta y en otras posiciones parecidas, de descansar a gusto en cualquier parte, se sienta en un banco duro, se desata las cintas del sombrero, se lo echa atrás, se cruza de brazos y parece encontrarse perfectamente a gusto.
Entre tanto, el señor Bagnet le ha dado la mano a su antiguo camarada y a Phil, a quien también la señora Bagnet hace un gesto y una sonrisa bÃenhumorados.
—Bueno, George, aquà estamos —dice rápidamente la señora Bagnet—, Lignum y yo —pues suele referirse a su marido por ese apelativo, derivado, se supone, de que en el regimiento, cuando se conocieron, lo llamaban Lignum Vitae, en homenaje a la gran dureza y aspereza de la fisonomÃa de él—; no hemos venido más que a ver cómo estabas, para que lo del préstamo esté en orden, como siempre. Dale el pagaré nuevo para que lo firme, George, y lo firmará como un hombre.
—Esta mañana iba a verles a ustedes —observa con renuencia el soldado.