Casa desolada

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—Sí, ya pensamos que vendrías a vernos esta mañana, pero salimos temprano y dejamos a Woolwich, que es un chico magnífico, al cuidado de sus hermanas, y, en cambio, hemos venido a verte nosotros, ¡ya ves!, porque Lignum está tan ocupado, y hace tan poco ejercicio, que le hace bien darse un paseo. Pero ¿qué pasa, George? —pregunta la señora Bagnet, interrumpiendo su animada charla—. No tienes buen aspecto.

—No ando bien —replica el soldado—. He estado un poco destemplado, señora Bagnet.

La mirada de ésta, rápida y brillante, advierte inmediatamente la verdad:

—¡George! —y levanta el dedo índice—. ¡No me digas que anda algo mal con el pagaré de Lignum! ¡George, por mis hijos, te ruego que no me digas eso!

El soldado la mira con la cara turbada.

—George —insiste la señora Bagnet, que emplea ambas manos para mayor énfasis y de vez en cuando se golpea las rodillas con ellas—. Si has dejado que pase algo con el pagaré de Lignum y dejas que le pase algo a él, y nos pones en peligro de que nos embarguen (y te estoy viendo en la cara como si estuviera escrita en ella la palabra embargo), has hecho algo que te debería dar vergüenza y nos has engañado cruelmente. ¡Cruelmente, te digo, George! ¡Eso es!


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