Casa desolada

Casa desolada

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El señor Bagnet, que en los demás respectos está más impasible que un poste, se lleva la manaza derecha a la cabeza calva, como para defenderse de un chaparrón, y mira muy inquieto a la señora Bagnet.

—George —dice ésta—. ¡Me extraña en ti! ¡George, me siento avergonzada de ti! ¡Nunca lo hubiera podido creer de ti! Siempre he sabido que eras un culo de mal asiento, pero nunca me imaginé que pudieras quitar el poco asiento que tienen Bagnet y los niños para reposar. Ya sabes lo buen trabajador y lo serio que es. Ya sabes cómo son Quebec y Malta y Woolwich… Y nunca me imaginé que tuvieras el corazón como para hacernos algo así. ¡Ay, George! —La señora Bagnet se recoge la capa para secarse los ojos con ella sin el menor disimulo—. ¿Cómo nos lo has podido hacer?

Cuando la señora Bagnet se interrumpe, el señor Bagnet se quita la mano de la cabeza, como si hubiera pasado el chaparrón, y mira desconsolado al señor George, que está palidísimo, y mira inquieto al sombrero de paja y la capa gris.




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