Casa desolada
Casa desolada —Mat —dice el soldado, dirigiéndose a él, pero sin dejar de mirar a la viejita—, siento que te lo tomes asÃ, porque la verdad es que espero que las cosas no vayan tan mal como parecen. Claro, que esta mañana he recibido esta carta —que procede a leer en voz alta—, pero creo que todavÃa puede arreglarse. En cuanto a lo del mal asiento, es verdad lo que decÃs. Soy de mal asiento, y la verdad es que nunca he logrado asentarme de manera que eso le hiciera un favor a nadie. Pero seguro que no hay un solo ex camarada vagabundo que quiera más a tu mujer y a tu familia que yo, Mat, y espero que me perdones en todo lo posible. No creáis que os he mentido en nada. No hace más de un cuarto de hora que me llegó esta carta.
—Viejita —murmura el señor Bagnet tras un breve silencio—, ¿quieres decirle lo que opino yo?
—¡Ay! ¿Por qué no se casarÃa con la viuda de Joe Pouch en Norteamérica? —responde la señora Bagnet, medio riendo, medio llorando—. Entonces no se habrÃa metido en estos lÃos.
—La viejita —observa el señor Bagnet— tiene razón. ¿Por qué no te casaste?