Casa desolada

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Mientras estuve muy enferma, la forma en que aquellas divisiones del tiempo se confundían las unas con las otras me inquietaba mucho. Convertida simultáneamente en una niña, una adolescente y la mujercita que había sido tan feliz, no sólo me sentía oprimida por todas las preocupaciones y todas las dificultades inherentes en cada una de esas edades, sino por la gran perplejidad de tratar incesantemente de reconciliar las unas con las otras. Supongo que serán pocos los que no hayan pasado por una circunstancia así que puedan comprender del todo lo que digo, ni la dolorosa inquietud que todo ello me causaba.

Por el mismo motivo, casi temo aludir a aquel momento de mi dolencia (pareció una larga noche, pero creo que fueron varios días y varias noches) en el que subía laboriosamente enormes escaleras, tratando siempre de llegar arriba y siempre tenía, como ya había visto yo en alguna ocasión que ocurría a algún gusano en los senderos del jardín, que volverme atrás debido a una obstrucción, y empezar de nuevo otra vez. Comprendía perfectamente a intervalos, y vagamente casi siempre, que estaba en mi cama, y hablaba con Charley, y sentía el contacto de ésta, y la reconocía muy bien, pero me oía a mí misma quejarme: «¡Otra vez esas escaleras inacabables, Charley…, cada vez más…, y llegan al cielo, creo!», y volvía a reanudar mi ascensión.


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