Casa desolada
Casa desolada HabÃa oÃdo cómo Ada lloraba ante mi puerta dÃa y noche; la habÃa oÃdo exclamar que yo era cruel y no la querÃa; la habÃa oÃdo rogar e implorar que se la dejara entrar a ser mi enfermera y cuidarme y no volver a apartarse de mi lecho, pero cuando yo podÃa hablar, no decÃa más que: «¡Jamás, cariño mÃo, jamás!», y habÃa recordado a Charley una vez tras otra que tenÃa que impedir la entrada de mi niña en mi habitación, tanto si yo vivÃa como si morÃa. Charley me habÃa sido fiel en mi hora de necesidad, y con su mano diminuta y su corazón de gigante habÃa mantenido cerrada la puerta.
Pero ahora, a medida que iba recuperando la vista y que cada dÃa me llegaba más plena y brillante la gloriosa luz, ya podÃa leer las cartas que me escribÃa todas las mañanas y las tardes mi niña, y podÃa llevármelas a los labios y poner en ellas mi mejilla sin temor de hacerle daño a ella. PodÃa ver cómo mi doncellita recorrÃa las dos habitaciones poniéndolo todo en orden, y cómo volvÃa a hablar animadamente con Ada por la ventana que se habÃa vuelto a abrir. PodÃa comprender el silencio de la casa, y la delicadeza que éste revelaba por parte de todos los que siempre habÃan sido tan buenos conmigo. PodÃa llorar por la exquisita felicidad que sentÃa en mi corazón, y sentirme tan feliz en mi debilidad como antes me habÃa sentido en mi vigor.