Casa desolada
Casa desolada Yo ya había pensado muchas veces en aquello. Ahora estaba segura. Podía dar gracias a Dios porque no me iba a llegar de sorpresa. Dije a Charley que volviera, y cuando volvió (al principio fingiendo una sonrisa, pero poniendo cara de pena a medida que se me iba acercando), la tomé en mis brazos, y le dije:
—No importa, Charley. Espero poder arreglármelas muy bien sin mi antigua cara.
Ya estaba yo lo bastante bien como para sentarme en una butaca e incluso para avanzar tambaleante hasta el cuarto de al lado, apoyada en Charley. También allí había desaparecido el espejo de su lugar habitual, pero no por ello era más duro soportar lo que me tocaba soportar.
Mi Tutor había deseado visitarme en todos los momentos, y ahora ya no había ningún motivo para que yo me negara aquella dicha. Vino una mañana, y cuando entró no pudo hacer más que abrazarme y decir: «¡Hija mía, querida!». Yo sabía desde hacía mucho tiempo (¿y quién iba a saberlo mejor que yo?) cuán generoso era el manantial de afecto y generosidad que manaba de su corazón, ¿y no quedaban mis triviales sufrimientos y cambios compensados por ocupar un lugar así en él? «¡Sí!», pensé. «Me ha visto, y me quiere más que antes; me ha visto, y me tiene todavía más cariño que antes, ¿cómo me voy a lamentar?».