Casa desolada

Casa desolada

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Se sentó a mi lado en el sofá, e hizo que me apoyara en su brazo. Se quedó un rato tapándose la cara con la mano, pero cuando la apartó, recuperó su comportamiento de costumbre: es imposible que jamás haya habido, que jamás pueda haber, comportamiento más agradable.

—Mujercita —dijo—, qué momentos tan tristes hemos pasado. ¡Y qué mujercita tan inflexible has sido todo este tiempo!

—Pero con razón, Tutor —respondí.

—¿Con razón? —preguntó cariñosamente—. Claro, con razón. Pero ahí estábamos Ada y yo, totalmente abandonados y entristecidos, ahí estaba tu amiga Caddy, que iba y venía a todas horas, ahí estaba toda la gente de la casa, totalmente desolada y compungida, ahí estaba el pobre Rick, que esperaba y escribía (¡y me escribía a mí!), de ansiedad por ti.

Sabía lo de Caddy por las cartas de Ada, pero nada de Richard. Se lo dije.

—Bueno, querida mía —me contestó—, es que pensé que era mejor no mencionárselo a ella.

—¿Y dice usted que le ha estado escribiendo a usted? —pregunté, repitiendo la forma en que había subrayado él sus palabras—. ¡Como si no fuera natural que lo hiciese, Tutor, como si tuviera un mejor amigo al que escribir!


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